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 El encuentro con el Buda

 Introducción de Karen Y. Lebeau

Silenciosamente viene el Buda

Despierta la naturaleza de tu Buda interno

por Elizabeth Clare Prophet

 

 Vas recorriendo distraídamente un museo de arte, sin pensar realmente en nada. El tono de marcar que está zumbando en tu mente se ve interrumpido por el re­sonar de tus pisadas en el piso de mármol. Ésta es una buena interrupción que te recuerda tu presencia.

Después de todo, ésta ha sido una de esas mañanas…

Los acuerdos que parecían sólidos como el acero se desintegraron, convirtiéndose en un aserrín sin sentido. Cada llamada telefónica señalaba otra decepción, otro fracaso.

De modo que te tomaste un descanso y te escapaste al museo. Estás buscando soluciones, pero lo único que escuchas en tu mente es el tono de marcar.

A lo largo de los pasillos hay una multitud de pinturas, pero ninguna logra captar tu atención. Se van fundiendo una en otra, los colores difuminados, confusos. El tono de marcar sigue zumbando…

Al dar vuelta en una esquina, te encuentras de repente en la sección de arte asiático.

Es entonces que llega de golpe.

Paz. Claridad mental. Una dulce quietud. ¿De dónde pro­vienen?

Enfocas tu atención en una dorada estatua de madera en el centro del salón. Al acercarte a ella, te das cuenta de que se trata de un hombre sentado, que tiene el cabello corto y riza­do. Sus ojos están cerrados y sonríe. La sensación de paz en tu corazón se hace cada vez más grande.

“¿Quién es este hombre?”, te preguntas mientras encuen­tras el letrero con la descripción de la estatua. “El Buda en meditación”, ‘dice. Buda significa en sáncrito “El que ha despertado”.  Este hombre es un iluminado”.

El letrero prosigue:

El Buda nació en el año 563 a.C. al pie de las colinas de los Himalayas, cerca de la frontera de la India y Nepal. Era un príncipe del clan de los Shakya y recibió el nombre de Siddharta. Abandonó su reino y su familia para encontrar el significado de la vida. Siddharta llevó una vida austera durante varios años, pero ni aun así pudo encontrar la paz interior, de manera que decidió alcanzar un estado más equilibrado a través de la meditación.

Buda: esta palabra halla un eco en tu corazón. ¿Dónde has escuchado antes ese nombre? Estudias la imagen en silencio. Unas sutiles grietas esparcidas por la hoja de oro traicionan sus antiguos orígenes; pero la madera, tallada de una manera tan intrincada y delicada, respira con un hálito de vida: es orgá­nica, está pulsando. Hay una presencia dentro de esta reliquia.

¿Es tu imaginación, o acaso está sonriendo más que antes? Sobre él vacila la luz del museo. Y luego, de repente, se vuelve más brillante. ¿A dónde se han ido todas las demás personas? Parece que fue hace horas que escuchaste otras pisadas en los salones. Estás completamente solo.

“Escucha bien”, le dice el Buda a tu corazón, “pues te diré cómo convertirte en el Buda desde donde estás”.

¡Caramba! Sacudes la cabeza. Esta es sólo una estatua, ¿no es así?

“La estatua no es el Buda” responde él a tus pensamientos. “Yo soy el Buda. Puedo irradiar mi presencia por medio de la estatua”.

Sacudes la cabeza otra vez, y convencido de que necesitas tomarte una taza de café y hacer una seria verificación de la realidad, te diriges a la salida. Pero capta tu atención un letrero que hay cerca de la puerta:

Los budistas utilizan el arte para inspirar y acrecentar sus experiencias espirituales. En la tradición oriental Gautama Buda y otras deidades budistas transmiten sus
bendiciones y su guía a través del arte. En Japón, por ejemplo, los devotos han manifestando haber visto cobrar vida a estatuas budistas para aliviar personalmente el dolor y la aflicción. Se cree que una estatua del Futuro Buda Maitreya es particularmente hábil para curar las enfermedades de los ojos, de la nariz y de la garganta, así como la esterilidad y la dificultad para dar a luz. Los budistas en China y en Corea han relatado historias similares de intervención divina a través de esculturas y de otras formas de arte budista.

Lees el letrero una y otra vez. De pronto, las palabras del letrero se vienen abajo y se reacomodan en ecos que destellan:

El Buda esta aquí ahora mismo. Él está siempre presente. Le habla a sus devotos, sin trabas, a causa del tiempo y del espacio, ya sea en la India antigua o en los Estados Unidos en el siglo veintiuno.

Volteas y te das cuenta de que hay otras estatuas de Buda en el salón, cada una de ellas acentuada por un suave resplandor amarillo. Las recorres lentamente y lees: Dipamkara, el antiguo Buda lamparero. Maitreya, el Buda del Futuro. Amitabha, el Buda de la meditación de la Luz ilimitada.

Pero tu atención se vuelve de nuevo al centro del salón. La estatua de madera dorada brilla de un modo más refulgente que todas las demás. Te diriges hacia ella, miras su cara sonriente y sientes de nuevo su amorosa presencia.

“¿Cómo puedo convertirme yo en un Buda?”, le preguntas. “Yo creía que sólo había un solo Buda.”

“Hay muchos, muchos budas”, responde Gautama. “¿Acaso no lo sabes? Son tan numerosos como las estrellas en una noche de verano. Y yo, Gautama, el sabio del clan de los Shakya, no soy el primer Buda, ni tampoco el último.”

“Tú puedes convertirte en un Buda porque tienes en tu corazón la esencia misma del Buda. Esta es la naturaleza búdica, el potencial para convertirte en un Buda. Toda la vida contiene esta esencia de Buda. Es una simiente. Tú puedes cultivarla y verla crecer, o puedes dejarla yacer latente.”

“Más que nunca, todos los que están destinados a convertirse en budas deben realizar su naturaleza búdica y cumplir su vocación. De ello depende la sobrevivencia de la Madre Tierra y de toda vida consciente.”

Convertirse en un Buda para salvar a la Tierra, ¡qué gran idea! La última vez que pensaste en convertirte en un súper ser para ayudarle al planeta fue cuando leías los cuentos de Supermán cuando eras niño. Allí estaba Supermán, inspeccionando el planeta desde el espacio exterior, viendo a quién salvaría a continuación. Eso te gustaba. Y ahora aquí está Gautama Buda, un gran ser iluminado que quiere salvar a la Tierra; aunque esto no es un cuento, esto es verdad.

“¿Cómo hiciste, Gautama, para convertirte en Buda?”,

quieres saber. “¿Cómo lo hiciste?”

“Todo empezó cuando experimenté el bodhichitta el ardiente deseo por la iluminación. Esto encendió mi divinidad interna. Esa fue mi conversión, lo que me hizo transformarme por completo.

“El bodhichitta es el despertar de la naturaleza búdica dentro de nosotros. Sin este bodhichitta inicial, los Budas del pasado, del presente y del futuro no podrían haber alcanzado la iluminación.

“Yo soy el Buda de la edad actual, pero hace eones hubo otro Buda llamado Dipamkara. En ese tiempo yo estaba encarnado en un joven bramín llamado Sumedha. Tuve éxito y acumulé grandes riquezas. Pero después de algún tiempo me aburrí de todo aquello y quise encontrar mi verdadero propósito en la vida. Más que ninguna otra cosa en el mundo, deseaba la iluminación. Era un ardiente deseo insaciable en mi corazón. Ese fue mi bodhichitta. De modo que regalé mis riquezas y mis posesiones y me convertí en un ermitaño.

“Y luego oí decir que Dipamkara pasaría por el bosque donde yo me encontraba meditando. De modo que me uní a la gente de la localidad para prepararle el camino. Antes de que hubiera terminado de limpiar la parte que me correspondía, vi que venía Dipamkara. Me di cuenta de que él estaba a punto de pisar en el lodo. Yo no quería que se le ensuciaran los píes, de modo que me tiré al fango, ofreciéndole mi cuerpo como tapete a este bendito Buda.

“Esto le complació y se dio cuenta del ardiente deseo de mi corazón. Con sus poderes búdicos él podía ver incontables edades en el futuro y me profetizó que yo sería un Buda llamado Gautama. Yo me regocijé.

“Y así, a lo largo de muchas encarnaciones subsecuentes, busqué y cultivé las cualidades de un Buda. Tú también te has estado preparando durante cierto número de encarnaciones. Por eso es que hoy estás aquí. En este momento no lo recuerdas, pero lo recordarás.

“Sí, esa descripción escrita en el letrero es correcta. Yo he sido un príncipe. Pero al igual que Jesús en Occidente, preferí un reino superior, no un reino terrenal.

“Nací en un bello jardín. Unos cuantos días después los adivinos predijeron que yo sería una gran monarca o un Buda.

Maya, mi madre, murió después de eso. Por desgracia, nunca la conocí. Suddhodana, mi padre, naturalmente quería que yo siguiera sus pasos y me convirtiera en rey. Hizo todo lo que pudo por conservarme ocupado con los placeres y las fascinaciones de la existencia mundana. Pero yo tenía mi propio sendero a seguir.

“Mi alma se moría de hambre y no había nada en el palacio de mi padre que pudiera saciarla. Se me había aislado del mundo y sabía que tenía que salir de allí para ver el mundo por mí mismo.

Así, salí a hurtadillas de los terrenos de palacio cuatro veces.

“La primera vez que salí, vi a un hombre decrépito que se apoyaba en un bastón. Era calvo, excepto por unos cuantos mechones de cabello blanco. Le cubrían la piel manchas color café. Tenía la cara llena de profundas grietas. Sus ojos se veían tristes, muy tristes, mientras él se movía lentamente, exhalando a cada paso que daba. Era viejo. Viejo. No podía creerlo. ¡Por qué nadie me había dicho que la gente envejece!

“La segunda vez que salí vi a un hombre que yacía a un lado del camino. Quejándose, se apoyó en un brazo, tosió escupiendo sangre y luego cayó sobre la tierra. Le pregunté a mi auriga qué le pasaba. Me dijo que el hombre estaba enfermo de muerte y que probablemente no pasaría la noche.

¡Cómo sufría mi pueblo a causa de las enfermedades! Y yo no lo sabía, no lo sabía.”

Te has sentado frente a la estatua de Gautama y, al voltear hacia arriba y ver su cara cuidadosamente tallada, te das cuenta de que hay una lágrima en su ojo. Le rueda por la mejilla, se desliza por un pliegue de su manga y se escurre por sus dedos
hasta el piso de mármol, brillando bajo las luces del museo.

“Cuando salí por tercera vez vi un cadáver gris y en estado de descomposición. El cráneo y los huesos asomaban por fuera del cuerpo. Apestaba. Los roedores se alimentaban de su carne con una total desconsideración por la vida humana que había ocupado tan recientemente esta forma corporal. Era la muerte. Mi primera experiencia con la muerte.

“Me volví meditabundo. La insatisfacción embargó mi alma. Encarnación tras encarnación, la humanidad sufre. ¿Por qué? ¿Acaso no hay escape?

“En mi cuarta salida estaba estudiando a las multitudes y pensando en su predicamento, cuando me percaté de la presencia de un hombre que llevaba un manto color azafrán. En torno a él había una sensación de paz mientras atravesaba la muchedumbre. De alguna manera, supe que ese hombre había encontrado la serenidad interior.

“El iba descalzo y vestido con un sencillo atuendo, pero se veía más majestuoso que cualquier monarca que yo hubiera visto alguna vez. ‘¿Quién es?’ le pregunté a mi auriga. ‘Es un sabio errante, un hombre santo, señor’, me respondió.

“Miré mis atavíos de seda, mis espléndidas joyas y mis sandalias. Me sentí avergonzado. Qué superficial era mi nobleza al verme de pie frente a alguien que realmente tenía integridad. Supe que ya no podía seguir siendo ese príncipe.

“Esas cuatro experiencias removieron en mí un recuerdo del alma. ¿Sabes cuál?”

Moviendo la cabeza de un lado al otro, admites que no lo sabes.

“Fue el recuerdo de haber hecho mis votos de bodhisattva.”

Yo fui un bodhisattva antes de convertirme en el Buda. Juré alcanzar la iluminación para poder salvar a la humanidad. Esa fue la promesa que le hice a Dios. Y ese fue mi bodhichitta.

“Hay diferentes tipos de bodhisattvas. Algunos son celestiales, como el Bodhisattva de la Compasión, Avalokiteshvara, un poderoso intercesor para los que claman pidiendo misericordia. Otros bodhisattvas son terrenales, como tú. Pero todos nosotros juramos, por encima de todas las cosas, liberar a toda la vida consciente.

“Desde el primer momento en que tu corazón anhela ser un discípulo del Buda, has entrado ya al sendero del bodhisattva. Este sendero es el curso de entrenamiento para convertirte en un Buda. ¿Quieres sentirte satisfecho? ¿Te gusta ayudar a la gente? ¿Sientes la urgente necesidad de redimir el medio ambiente y de defender a la Madre Tierra? ¡Qué mejor manera de lograr esas metas que convertirte en un Buda!”

El Buda se inclina un poco y te mira directamente a los ojos.

“Escucha. La budeidad no se alcanza en un día.

Es un programa de diez pasos. Vas alcanzando las cualidades búdicas poco a poco, en incrementos. En este sendero hay diez perfecciones o virtudes clave. Tú puedes estudiarlas e incorporarlas a tu vida. Esta fue mi plegaria para cultivar dichas cualidades:

Om, Budas de las Diez Direcciones,

Que pueda yo realizar todas las perfecciones:

Dádivas, preceptos, renunciación.

Sabiduría, valor, paciencia,

Verdad, resolución, buena voluntad e indiferencia.

Concededme que pueda yo realizarlas plenamente

Y alcanzar la suprema budeidad,

“Estas son las paramitas, las Diez Perfecciones, las preciosas cualidades de un Buda. Estas perfecciones curan el cuerpo, la mente y el alma. Cada una de ellas es una faceta de una joya, y cuando entras en ella te revela sus secretos.

“De modo que durante numerosas vidas yo busqué estas perfecciones. Las estudié y las practiqué hasta que me volví uno con ellas. Pero no pude alcanzarlas a través del deseo humano. Tuve que purificarme de la conciencia humana. Me volví transparente para que cada una de esas preciosas cualidades pudiera brillar a través de mí. Y sólo hasta entonces la perfección se volvió mía. Así es como me convertí en el Buda.

“Esta noble meta de convertirse en bodhisattva siempre ha formado parte de mi enseñanza.

Pero siglos después de haber dejado físicamente la Tierra, habían muchos malentendidos acerca de lo que yo enseñé. Gran parte de ello había sido olvidado y casi se había perdido la trama espiritual del Dharma.

Algunas escuelas se aferraban a su mala interpretación equivocada de las reglas. Incluso empezaron a afirmar que sólo los monjes podían buscar la iluminación. ¿Te imaginas?

“De modo que esperé y busqué a aquellos cuyos corazones estuvieran preparados y abiertos. Cuando entraban en comunión conmigo en la meditación y en la plegaria, les impartía una nueva comprensión del sendero del bodhisattva, revelándoles que toda vida consciente posee la naturaleza Budica. Por lo tanto, cualquiera -un seglar, una laica, un monje, una monja bodhisattvas- puede convertirse en un Buda.

“Esto sucedió alrededor del tiempo de Cristo, y el movimiento que se desarrolló a partir de estas revelaciones se llegó conocer como el Mahayana, que quiere decir ‘gran vehículo’. Se le llama el ‘gran vehículo’ porque le da la bienvenida a cualquiera que quiera entrar al sendero de la iluminación.

“Ese movimiento encendió corazones en toda Asia, y eso a su vez inspiró otras escuelas nuevas, tales como el budismo Zen y el budismo Vajrayana.

“De modo que como ves, he estado impartiendo mis enseñanzas a discípulos selectos en todo el mundo durante dos mil quinientos años. Y lo sigo haciendo igualmente hoy en día. Puedo hacerlo porque opero a partir de tres niveles del ser que están interconectados.

 

Esta es la idea del Trikaya, o los tres cuerpos del Buda

el Nirmanakaya, el Sambhogakaya y el Dharmakaya-.

Tú también los tienes, latentes en tu naturaleza búdica.

“El Nirmanakaya era el cuerpo físico que usé para transmitir mi presencia búdica y para enseñar a mis seguidores cuando caminé sobre la Tierra como Shakyamuni, el sabio de los Shakyas. De otra manera ¿cómo me podrían haber percibido y cómo podrían haber recibido mis enseñanzas?

“En el cuerpo de mi Ser Superior, mi Sambhogakaya, le transmito mi presencia y mi enseñanza a los bodhisattvas que moran en los planos celestiales. Aquéllos sobre la Tierra que tienen un desarrollo espiritual también pueden entrar en comunión con mi conciencia Sambhogakaya.

“Así es como imparto nuevas enseñanzas para elevar a la vida consciente que está atrapada en el samsara, el amargo mar de la vida. Ciertas almas reciben mis revelaciones, las escriben y las comparten con los demás. Así es como se inspiran las nuevas escuelas.

“Y mi Dharmakaya, el cuerpo de la realidad última, es el estado trascendente de la esencia búdica. Esta es la Presencia del YO SOY EL QUE SOY.”

El Buda se inclina hacia el frente y yergue la cabeza. “Te ves perplejo. ¿Tienes alguna pregunta?” Olvidando que el Buda puede leer no sólo tu lenguaje corporal sino también tus pensamientos, te das cuenta de que habías estado distraído a causa del conflicto provocado por los conceptos contradictorios que aprendiste durante tus años en la universidad.

Te levantas para responder: “Sí, hay algo que no entiendo.  ¿Podrías explicarme, por favor, por qué utilizas la palabra alma?  Tomé un curso de religiones comparadas -creo que allí fue la primera vez que escuché tu nombre- y la maestra nos dijo que los budistas no creen en el alma. Y, ¿qué hay acerca de Dios? Mi profesora nos dijo que los budistas son agnósticos, si no es que ateos. No entiendo”.

Gautama sonríe.

“¿Es un Buda tu profesora?”

“No.”

“¿Es una bodhisattva?”

“No lo creo.”

“Bueno, pues allí está. Algunas personas estudian el budismo como un ejercicio cerebral, pero pueden no penetrar en el espíritu del mismo: el sendero del bodhisattva. De manera que no pueden penetrar ni entender lo que realmente es la verdad. ¿Cómo puedes describir el agua si nunca te has mojado? Para alcanzar la mente de Dios no se necesita el intelecto humano.

“Cuando fui el príncipe Siddhartha, mucha gente creía que el alma es inmortal. Yo rechazaba ese concepto, pero no negaba que hay algo parecido al alma, o corriente de vida, que sigue existiendo a través de los ciclos de muerte y renacimiento. De otra manera, ¿qué es entonces lo que reencarna vida tras vida, haciendo y recibiendo buen y mal karma? ¿Qué es lo que experimenta el gozo y la iluminación?

“Yo utilizo la palabra alma de otra manera. El alma es el potencial que uno tiene. Se puede moldear, como la arcilla. Como tienes libre albedrío, puedes modelar tu alma conforme a la imagen del Buda, o puedes elegir una imagen menor,

“En cuanto a que el Buda es agnóstico o ateo, eso es simplemente una cuestión de definición. Si dices: ‘Dios es un señor de barba blanca que se sienta en un trono en el cielo y atormenta a su creación lanzándole rayos y centellas’, yo contestaré, ‘en ese caso, soy ateo’. Pero si dices: ‘Dios es una presencia trascendente de amor y de sabiduría que desea más que cualquiera otra cosa atraer a toda la creación a su misericordioso corazón’, entonces te responderé: ‘Sí, verdaderamente creo en Dios’.

Los Budas y los bodhisattvas son manifestaciones individuales de Dios

Son como puntos en un mándala o en una compleja forma geométrica. Aunque todos forman parte de la completud de Dios, cada uno tiene una personalidad espiritual distinta.

“Cuando se unen a Dios no se ven aniquilados. Se consume su conciencia humana, al tiempo que su conciencia búdica, su divinidad, se cristaliza en una permanente realización de Dios.

“Dios como la realidad definitiva, como el Adi Buda, se prolonga en energía y en forma a través de una jerarquía de Budas y de bodhisattvas. A través del budismo tibetano revelé esta jerarquía de los Cinco Budas Dhyani, ((los Budas de la Meditación, que son como transformadores de reducción del Adi Buda) Los Cinco Dhyani Buddhas son Buddhas celestiales a quienes visualizamos durante la meditación. La palabra Dhyani se deriva del Sánscrito dhyana que significa “meditación.” Los Dhyani Buddhas también son llamados Jinas (“Vencedores” o “Conquistadores”). No son figuras históricas como Gautama Buddha, sino seres trascendentes (No inmanentes sino anteriores al universo) que simbolizan los principios o fuerzas divinas universales. Los Dhyani Buddhas representan varios aspectos de la conciencia iluminada y son grandes sanadores de la mente y del alma. Son nuestros guías para la transformación espiritual. Representan los cinco rayos secretos ellos son Vairochana, Akshobhya, Ratnasambhava, Amitabha y Amoghasiddhi).

“Cada uno de los Budas Dhyani recibe una esencia creadora del Adi Buda y luego le transmite esa conciencia iluminada a un Bodhisattva Dhyani. El Bodhisattva Dhyani, a su vez, personifica esa energía y crea un Manushi en el mundo físico, o un Buda encarnado en forma humana.

“Hay familias de budas y de bodhisattvas. Y muchos miembros de nuestras familias se encuentran en la Tierra. Nosotros somos uno en la esencia trascendente.

“Tú, como un bodhisattva en la Tierra, te puedes convertir en uno con Dios; pero ¿cómo describes esta unión en términos humanos? Este problema lo han tenido los místicos en todo el mundo. ¿Qué palabras pueden comunicar la unión de uno con un Dios trascendente, inefable? Sólo puedes recurrir a términos tales como ‘el vacío’ o ‘la vacuidad’. Esta unión es la trama común, la experiencia común subyacente en el misticismo sufí, budista y cristiano.”

A estas alturas te encuentras sentado en el piso frente al Buda Gautama. Estudias sus bellas manos. De manera grácil y disciplinada liberan una esencia sutil desde el centro de las palmas. Las comparas con las manos de otras imágenes budistas que hay en el salón.

“¿Cómo te convertiste en el Buda?”,

 le preguntas otra vez.

“Después de mis cuatro episodios fuera del palacio, tomé la dolorosa decisión de dejar a mi esposa, Yashodhara, y a mi hijo recién nacido, Rahula. Los amaba tiernamente, pero el anhelo de la verdad me quemaba en lo profundo del alma. Tenía que irme. Su salvación y la salvación del mundo dependían de que yo encontrara la respuesta al sufrimiento humano. De modo que partí a medianoche, sabiendo que mi padre cuidaría de mi amada esposa y de mi amado hijo. Yo tenía tan -sólo veintinueve años.

“Busqué a los sabios más aventajados de la época y ninguno pudo enseñarme el secreto para trascender la vejez, la enfermedad y la muerte. De modo que seguí mi camino solo, practicando la austeridad. ‘De seguro eso me traerá la iluminación’, pensé. Después de seis años llegué a debilitarme a causa de la inanición y de otras torturas que me había impuesto a mí mismo. Casi me muero, ¿te das cuenta?”

Y señala una oscura escultura esquista de un bodhisattva escuálido, sentado en meditación. La figura parece más la de un esqueleto que la de un ser humano.

“Esta estatua es un recordatorio de que puede ser peligroso llegar a los extremos. De modo que dejé de maltratarme.

Pero, ¿qué haría después? ¿Cómo podía encontrar la cura al sufrimiento humano? Sin saber cuál era mi sendero hacia la iluminación, estaba ya casi desesperado. De repente recordé una experiencia que había tenido cuando tenía siete años.

“Un bello día de primavera mi padre me llevó a un festival del arado de la tierra. ¡Qué contento estaba mi pueblo con sus túnicas nuevas y sus guirnaldas de flores! Luego de saludar a todos y de jugar, me eché a descansar bajo un fragante manzano y miré cómo araban. Había algo en esa cuchilla del arado que penetraba la tierra, y luego levantaba esta tierra fértil y oscura hasta la superficie. Caí en una profunda meditación.
¡Qué paz! ¡Qué dicha! Incluso a esa tierna edad, me di cuenta de que mi experiencia había sido una muestra de lo que es la iluminación.

“Recordar esto me dio esperanza,

de modo que proseguí en mi búsqueda. Encontré un árbol de higuera de Bengala y me senté en sus retorcidos troncos a meditar. Poco después se me acercó una mujer llamada Sujata y me ofreció un puchero de arroz. ¡Pensaba que yo era la deidad del árbol! Ella le había rezado pidiéndole un hijo y le había prometido una ofrenda especial de alimentos si intercedía por ella. Y bien, sucedió que ella acababa de dar a luz a un varón, y en señal de gratitud me trajo la ofrenda. ¡Qué fortuito! Ese puchero me fortaleció para hacer esa importantísima meditación.

“Juré que me quedaría bajo aquel árbol hasta que alcanzara la iluminación.  Así, medité toda la noche. No fue fácil. Mará, cuyo nombre significa ‘muerte’, trató de detenerme. Envió a sus tres voluptuosas hijas a seducirme, pero yo no me inmuté. Y luego este malvado envió a sus ejércitos a tocarme con huracanes, una inundación, rocas en llamas, fango hirviente y una tormenta de armas mortales. Me rodearon hordas de demonios y una oscuridad total, pero me rehusé a levantarme de mi asiento.

“Como un último recurso, el audaz Mará desafió mi derecho a buscar la iluminación y de convertirme en un Buda. Quería el asiento donde yo meditaba. ‘¡Ese asiento me pertenece! chilló. Mará llamó a su comitiva para que atestiguara qué él tenía razón, y todas sus huestes de demonios gritaban, ¡Nosotros somos testigos!’

Y entonces yo llamé a mi testigo, a la misma Madre Tierra, pues fue ella quien me inspiró esa dicha en la meditación cuando era un niño pequeño bajo aquel manzano. Toqué la tierra con mi mano derecha. En respuesta a ello, la tierra tembló con voz de trueno clamó, ‘¡yo soy tu testigo!’ Y Mará huyó.  Una vez despejados los obstáculos, mi mente se abrió a sucesivas revelaciones en cada vigilia de la noche.

“Las más importantes fueron las Cuatro Nobles Verdades, las cuales explican por qué sufre tanto la humanidad. La Primera Noble Verdad es que la vida es sufrimiento. Sufres cuando naces, y también sufre tu madre. Sufres cuando estás enfermo. Sufres cuando te haces viejo. Y sufres al morir, mientras que otros sufren también por haberte perdido. Sufres a lo largo de tu vida, sufres cuando experimentas lo desagradable.
Y cuando te estás divirtiendo, sufres porque la diversión tiene un final. Sufres cuando no obtienes lo que quieres.

“¿Sabes por que sufres así? Es a causa del deseo. Esa es la Segunda Noble Verdad. El sufrimiento surge del deseo inmoderado. Quieres dinero, quieres fama, quieres tener poder sobre los demás. O quizá sólo quieres pasártela bien de acuerdo con la experiencia humana. De manera que qué es lo que haces para obtener estas cosas. Ignoras tus necesidades internas, tus necesidades espirituales, y vas por la vida satisfaciendo estos deseos y haciendo un nudo de karma. Luego te mueres y tienes que regresar para desanudarlo. Y todo es así porque no te puedes desprender de tus deseos.

“Es un círculo vicioso, aunque no tiene por qué ser así. Esto nos lleva a la Tercera Noble Verdad. Si quieres dejar de sufrir, si quieres curar tu dolor, tienes que dejár de albergar deseos inmoderados.

Sin embargo, esto no es tan sencillo como suena.

Trascender los deseos del yo inferior y de su conciencia limitada es un proceso continuo. Tienes que ser paciente y misericordioso contigo mismo. Y necesitas lineamientos, un sendero que te ayude. Esa es la Cuarta Noble Verdad.

“Puedes alcanzar la liberación del nirvana siguiendo el Noble Óctuple Sendero. Es la Vía Media, en la cual se logra un equilibrio entre la vida en búsqueda de placer y el sendero de un ascetismo severo.

“El Óctuple Sendero consiste en: la visión correcta, el motivo o actitud mental correctos, la palabra correcta, la acción correcta, la subsistencia correcta, el esfuerzo correcto, la diligencia correcta y la contemplación correcta.

“Esto es lo que descubrí al meditar bajo el árbol de Bodhi.  Encontré las respuestas a todas mis preguntas, y más. Y cuando contemplé la estrella de la mañana, me había convertido plenamente en el Buda, en ‘El que ha despertado'”.

“No está mal para tener apenas treinta y cinco años”, le dices en son de pulla. “Pero, dime, ¿en qué estabas meditando cuando descubriste estas verdades?”

“Pues en la Madre Divina,

desde luego”, responde el Buda mientras comienza a entonar un cántico:

Oh Madre del Mundo,
Nosotros somos los hijos de vuestro corazón
Separados por la trivialidad,
Permanecemos separados
De vuestro éxtasis cósmico.
Y ahora. Gran Madre estelar,
Enseñada vuestros hijos a no tener a nadie
Más que a Vos para detener nuestras manos del mortal error,
De guardar nuestra mente del mortal terror,
De sellar nuestro corazón en el propósito ahora supremo,
Para forjar vuestra unión-realidad cósmica, el sueño de Dios.
Vuestro oficio de luz pura no teme a la competencia.
Que nadie dude de Vos, sino que en camino encuentre
La sintonía con vuestra bendita cabeza
De santos pensamientos.

Yo soy un hijo de la diligencia cósmica;
Inmaculado es vuestro concepto
De mi disposición a ser enseñado por Dios,
De aprender a amar.
De hacer añicos las matrices del denso deseo.
Oh Madre Cósmica, desde vuestra encumbrada posición de estrella,
¡Enciende el fuego en mi corazón!

 

“Yo frecuentemente enseñaba en verso, ¿sabes? Mira los textos. Primero daba la enseñanza en prosa y luego la reiteraba en verso. Para mis estudiantes era más fácil memorizar luego de la reiteración.

“Después de mi iluminación comencé a predicar. Mi primer sermón sobre las Cuatro Nobles Verdades se llegó a conocer como ‘la puesta en marcha de la Rueda de la Ley’, donde la ley es la enseñanza budista.

“Pasé el resto de mi vida viajando y enseñando. Muchos legaron a unirse a mí, y con el tiempo llegamos a establecer la Sangha, un comunidad espiritual. Tiempo después regresé al remo de mi padre para compartir mis descubrimientos con mi familia. Me regocijé cuando mi hijo Rahula y mi amada Yashodhara se unieron a la Sangha.

“Ah, la Sangha. ¡Qué joya tan preciosa! Cuando se unen los corazones con armonía y con amor, podemos lograr mucho. Nos curamos unos a otros y elevamos a toda la vida consciente. Podemos salvar al mundo.”

La voz del Buda se arrastra al tiempo que voltea la cabeza y mira hacia arriba. Pareciera que está inspeccionando otro plano, algún otro horizonte. Tú guardas silencio y lo dejas penetrar este momento. Suspira, y luego se vuelve hacia ti.

“Cómo amo la Sangha. Para eso viví, pues el fundamento de mi sendero es la Sangha, el Dharma y el Buda. Esas son las Tres Joyas: ámalas y refugíate en ellas.

“El Buda es el ungido que enseña, y el Dharma es la enseñanza misma, la ley espiritual»..

“Pero la palabra dharma tiene también otro significado. También significa ‘deber’ o ‘misión’. Es la ley divina que puede gobernar tu vida y llevarte a la perfección sí la aceptas.

“Yo, como el Buda, transmito nuevas enseñanzas, el Dharma. Es mi deber hacerlo. Los devotos en la Sangha reciben y transmiten la enseñanza. Es su deber hacerlo. Como resultado de ello, más almas descubren su naturaleza búdica y se unen a nuestra comunidad de bodhisattvas. Y se hace más grande la Sangha, tanto arriba como abajo, en el espíritu y en la materia. El Buda, el Dharma y la Sangha representan el poder del ‘tres veces tres’ que siempre se trasciende a sí mismo. Matemáticas profundas, ¿no crees?

“Pero ten en mente que siempre hay obstáculos por superar. No es fácil traer luz y principios espirituales a este plano terrestre. Los instrumentos, de Mará pueden adoptar muchas formas para oponérsete.

“Mi vida no fue siempre un suave caminar con mis seguidores

por los polvorientos caminos y los jardines arbolados de la India. Tuve que contender con Devadatta, mi malvado primo. El quería destruir la Sangha desde adentro, de manera que se convirtió en un miembro prominente de la comunidad. Perdí quinientos monjes a causa de sus diabluras. ¡Trató incluso de matarme tres veces!”

Te le quedas viendo, incrédulo. Nunca habías oído decir que hubiera una maldad tan agresiva dentro de una comunidad budista.

“¿Cómo te defendiste?”, le preguntas.

“Defendí mi territorio. Yo había nacido dentro de la casta de los guerreros y fui entrenado en las artes marciales. Y aun así, no peleé contra él. Había aprendido una manera diferente de lidiar con aquéllos que se mueven contra la luz búdica.

“Disolví sus malas intenciones con el amoroso poder de los rayos secretos. Yo había cultivado estos cinco rayos secretos a través de eones de encarnaciones. Cada uno de ellos tiene un aspecto femenino y un aspecto masculino; el yin y el yang, si tú quieres.

“De modo que, en total, logré la maestría sobre las diez cualidades de los rayos secretos. Estas sutiles esencias son las paramitas, las Diez Perfecciones.

“No era capaz de tener resentimiento contra mi primo porque no existía el resentimiento en mi conciencia. Pude responder con una amorosa paz porque había logrado la maestría sobre los rayos secretos. Estos rayos pueden penetrar el inconsciente y el subconsciente para resolver obstáculos psicológicos que nos impiden ser plenos. Había aprendido cierto número de ejercicios con los rayos secretos para lograr la maestría personal y el poder interior.

“Una vez Devadatta mandó a los guardianes de los elefantes a que soltaran a uno que estaba loco. El tenía la esperanza de que el animal me pisoteara hasta matarme mientras yo daba mi caminata matinal. Devadatta quería tomar mi posición como el Buda. Las gentes que estaban en el camino se aterraron cuando vieron venir al elefante. Huyeron gritando. Pero yo no me moví. Centré mi atención en lo profundo de mi corazón, en la cámara interior de los rayos secretos. Me sentía en paz.

“Levanté la mano derecha en la postura que se conoce como la mudra del arrojo. De repente, de mis dedos salieron cinco leones seguidos por cinco rayos de diferentes colores. Estos rayos búdicos detuvieron al elefante en seco. Se volvió dócil.

“Estas son las sutiles pero poderosas energías que desarrollas y refinas en el sendero del bodhisattva. Estas sutiles emanaciones son inherentes a todas las enseñanzas místicas, pero se les puede interpretar de diferentes maneras. Los taolstas y los que practican las artes marciales las entienden como ch’i, o poder interior. Los sufís las llaman ‘esencia’ y el sistema de las cinco lataif. Los budistas tibetanos describen esta energía como emanaciones de los Cinco Budas Dhyani. Yo me refiero a ellas como los cinco rayos secretos.

“Estos rayos secretos emanan a través de chakras sutiles que se encuentran en tus manos, en tus pies y en tu bazo”, explica.

“Puedes ver sus diferentes cualidades representadas en las mudras de las deidades budistas e hindúes. Jesús también usaba las manos para transmitir el poder curativo de los rayos secretos.

“Y en cada uno de los siete chakras principales hay centros para los rayos secretos. El sendero hacia la cristeidad personal consiste en refinar dentro de ti las cualidades divinas de estos chakras: sabiduría, verdad, poder, amor, paz, libertad y pureza. Cuando has desarrollado estas cualidades hasta cierto grado, entonces puedes entrar al sendero de la budeidad cultivando los rayos secretos.

“Observa cómo se liberan los rayos secretos a través de los mudras de las manos de los Budas y de los bodhisattvas.”

Volteas a ver las diferentes estatuas de los Budas y de los bodhisattvas que hay en el salón. Te das cuenta de que los rayos de luz comienzan a brillar a través de las palmas de sus manos y de las puntas de sus dedos. Levantas las manos para sentir la energía.

“Esto es verdaderamente como el ch’i que he sentido al practicar el boxeo chino”, reflexionas. “Pero es mucho más poderoso. De modo que esto es a lo que se refería mi profesor el Maestro Cheng cuando decía ‘poder interior’. Son los rayos secretos. El decía que el poder interior es una forma desarrollada de ch’í, o energía interior.

“Ahora me doy cuenta. Estos rayos secretos son la clave de mi curación y de mi iluminación, que he estado buscando toda la vida. Y apuesto a que también son la clave para curar a la Madre Tierra.”

Él Buda sonríe y asiente con la cabeza.

“¿Cómo puedo aprender más acerca de los rayos secretos para poder convertirme en un Buda?”, preguntas.

“Escúchame”, murmura el Buda…

  

PLEGARIA DEL QUE SERÁ EL BUDA

Om Buda de la Luz
Om Dipamkara
Om Tathagata

Antiguo portador de luz, encendedor de fuego, ¡Venid ya!

Entrad ahora en mi alma. Entrad, querido mío. Envolvedme en vuestra llameante presencia. Sed mi alma. ¡Venid, sanadme!
Purificadme ahora al transferirme vuestra luz.

Dejadme ser la libertad de la luz, la libertad para emancipar a toda vida, a todos los seres conscientes, de la irrealidad.
Ésta es mi plegaria.

Yo soy el que será el Buda, el Buda en el mundo venidero, proclamado por Dipamkara.
Me elevo sobre la fuente de la luz Madre.

Me elevo hasta el corazón para ser vuestra luz, para ser el Todo.
Yo soy el Buda. Yo seré el Buda.

Pues el Señor ha dicho, “Id, sed el Buda donde yo soy”.

Om Buda de la Luz
Om Dipamkara
Om Tathagata
Om

 

 

 

 

Extracto del libro:
Silenciosamente viene el Buda
Despierta la naturaleza de tu Buda interno
por Elizabeth Clare Prophet

El encuentro con el Buda
La historia de Sumedha puede ser la historia de tu alma

 

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La fraternidad de los Guardianes de la llama® procede de la tradición de las antiguas órdenes espirituales. Saint Germain fundó la fraternidad en la ciudad de Washington en el año 1961 por medio de su Mensajero, Mark L. Prophet. Como Caballero Comendador de la fraternidad, Saint Germain ha prometido asegurarse de que esta Tierra llegue a una era dorada de Libertad, Paz e Iluminación.

Junto con Saint Germain otros Maestros Ascendidos vienen a ayudar a la tierra. En el libro del Apocalipsis se habla de ellos como los “Santos vestidos de blanco”. Ellos y sus discípulos no ascendidos forman La Gran Hermandad Blanca. (“Blanca” no se refiere a la raza sino a l Aura de Luz blanca que rodea a estos Maestros.) La fraternidad de los Guardianes de la llama es una rama externa de La Gran Hermandad Blanca.

Puede que ya estés guardando la llama de la vida. Puede que ya estés preservando y defendiendo la libertad y la santidad de la vida, y ofreciendo esa llama a otros que no saben que tienen una chispa divina en su interior...

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